Para mi sorpresa, el viernes me llamó Sonia a primera hora de la tarde. Llevaba más de un año sin saber nada de ella y aprovechamos para quedar a tomar un café a las seis y media, en un bar del centro. Sonia es amiga mía desde los tiempos
de la facultad, en la que fuimos compañeros y, desde entonces, hemos procurado no perder el contacto, aunque sea viéndonos un rato de tarde en tarde para darnos cuenta de las últimas novedades. Ella es una mujer atractiva, sexy, inteligente, y con un trato excelente hacia sus pocos y selectos amigos, grupo al que tengo el bien valorado privilegio de pertenecer. Todo un primor de chica. Apenas he podido verla en los últimos tres años, desde que se casara con Franz, un recio mocetón alemán al que conoció cuando él estaba por aquí, de Erasmus. Todos sus amigos quedamos apesadumbrados al saber que aquellas tetas de diosa y aquel culo, con vocación caribeña, iban a quedar a merced de un insulso patán guiri.
Más tarde, en la cafetería, tuve una reconfortante impresión al encontrarme con Sonia. Llegó después que yo, sonriente, cariñosa y bien maquillada. Tras algunos comentarios sobre el aspecto de ella, que estaba igual que siempre, me soltó la gran noticia: Se había divorciado del chicarrón teutón pocos meses atrás. Para mí fue una sorpresa rotunda, pero ella no quiso hablar casi palabra alguna de aquel tema. Tras pasar de puntillas por su ruptura matrimonial, charlamos un poco de todo y estuvimos contándonos confidencias y bromeando durante largo rato. Sonia parecía contenta y con notorios deseos de disfrutar de buenos momentos, de pasarlo bien.
Cuando ya había anochecido y creía que ella se iba a despedir de mí para acudir a sus compromisos, dejó caer una auténtica bomba: ¿Por qué no vamos esta noche a un club de swingers?, -preguntó- siempre he querido ir y no he tenido quien me acompañe. Permanecí un rato callado y estupefacto. No por puritanismo, sino por pura sorpresa. Nunca había ido a un lugar de esos y, sin embargo, siempre me habían suscitado una morbosa curiosidad. Obviamente, le respondí que no me podía negar si ella me pedía algo así.
Pagamos nuestra cuenta, fuimos a comer algo rápido a una pizzería de un centro comercial cercano, a la vez que preparábamos el cuerpo para un evento tan singular: tener sexo en grupo y con perfectos desconocidos. Una propuesta tentadora e inquietante para la noche de un viernes. Mientras comíamos y bebíamos, de vez en cuando se nos escapaba alguna carcajada nerviosa sólo con mirarnos durante unos segundos. Por fin, nos metimos en su coche y pusimos rumbo al club.
Al llegar pude percibir que era un lugar muy amplio y muy confortable en su interior. Para mi sorpresa, había gentes de muchas edades diferentes, de los veintipocos hasta los sesenta y tantos, diría yo a simple vista. Dábamos un poco la nota, porque todo el mundo llevaba atuendos de fiesta menos Sonia y yo. Ella, en los primeros minutos, se aferró a mi brazo como si yo fuera un novio acaudalado. La relaciones públicas del club, una señora de rostro estucado, cabello rubio de bote y unos cincuenta y cinco años, nos explicó sonriente dónde estaban los vestuarios, los reservados y el famoso cuarto o tunel oscuro. El morbo, en forma de escalofrío, me recorría la columna vertebral al escuchar aquellas palabras.
Tras dudar un poco, mientras nos atizábamos un copazo, Sonia y yo decidimos pasar a los vestuarios y, una vez preparados, adentrarnos en el cuarto oscuro, a la búsqueda del oportunidades. Aquel reservado en el que nos cambiamos ya me puso a tope al sentir la mirada caliente de Sonia mientras se despojaba del sujetador. Aquellas tetas eran, sin duda, lo mejor que había podido ver en el último quinquenio. Ni que decir tiene, que me acerqué a ella, la besé en los labios y chupe con ansiedad aquellos pezones, aún sabiendo que aquella noche no sería yo el elegido para follar. Sin embargo, supo premiar mi sincera lealtad dejándome recorrer su cuerpo desnudo durante unos minutos a la vez que manoseaba mis genitales y acababa introduciendo mi polla en su boca y succionándola durante unos segundos. Segundos después, se puso de pie para pedirme que fuésemos ya al túnel, a divertirnos.
Desnudos y con mi miembro reventando, nos perdimos uno del otro en mitad de la oscuridad. No conseguía ver casi nada, sólo oía algunos cuchicheos, risitas y gemidos sordos en mitad de la oscuridad. Avancé, con pasos erráticos mientras mis ojos se iban acostumbrando un poco a aquella penumbra. De repente sentí con fuerza las manos de alguien en mi polla. Lancé los brazos hacia adelante y palpé unas carnes abundantes y un poco fláccidas medio cubiertas por dos enormes pechos caídos; era una señora medio borracha y con los cincuenta años cumplidos de sobra, que iba aferrándose a todo lo que se movía. En apenas un minuto pude esquivarla y buscar un destino más suculento. Tras varios pasos en falso, noté una mano suave en mi cintura y escuche una voz joven y sugerente que me preguntaba -¿quién eres?- como si estuviéramos jugando a una gallinita ciega tardía y caliente. Se llamaba Arantxa, tenía veintitrés años y me dijo que había ido allí con su marido. Mientras ambos nos acariciábamos mutuamente la espalda, las caderas, el trasero, me contó que estaba casada muy joven por circunstancias familiares y que ni su marido ni ella soportaban tanta fidelidad conyugal y tan pronto. En ningún momento pude verla, pero el tacto me hizo percibir un cabello largo, sedoso y ondulado acompañando a un rostro de piel agradable y rasgos leves. Eso si, sus labios eran gruesos y carnosos, lo comprobé desde el primer beso profundo que nos condujo a una espiral de caricias y sexo en todas sus variantes.
Acomodados en un rincón, sobre la mullida moqueta hice el mayor y más intenso recorrido con mi polla sobre aquel cuerpo joven y menudo. Con ella entregada sobre la alfombra, froté con intensidad sus pechos con el extremo de mi glande, para después abrir su coñito poco a poco, con suaves movimientos exploratorios. Quise prolongar aquellos momentos todo lo posible y saque mi sexo de ella para comenzar a masturbarla con mis dedos. En el momento en el que su pasión se hacía sonora e inundaba la oscuridad con rotundos y profundos suspiros, sentí las manos de una tercera persona sobre mi polla, que ya estaba impregnada del flujo de Arantxa. Tras unos segundos, pude notar la saliva y la lengua interminable de una mujer sobre mi pene. Las sorpresas no tenían fin y otra desconocida voluptuosa se había apuntado a aquel jolgorio del anonimato lascivo y desinhibido. El fin de fiesta fue espectacular. Me corrí en la boca de la recién llegada y, casi al mismo tiempo, pude sentir que Arantxa disfrutaba de la misma suerte gracias a la reconocida pericia de mis dedos, todos revueltos por el suelo. Pensé que ese era el mejor final para aquella noche y escapé como pude. Tomé un taxi y, al llegar a casa le mandé a Sonia un mensajito a su móvil: "cuando quieras repetimos...".
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