Sexo memorable

Canal Intimo   (Enviado por: El novio de Paris Hilton) , 21/01/07, 19:41 h
image

Andrea es la mujer de José Ignacio, mi compañero de trabajo desde hace siete años. Sus piernas inacabables, su culo modelado y sus pechos esféricos ejercen en mi una notable atracción que se halla muy por encima de la amistad o del compañerismo.

Decidme lo que queráis, pero a mí siempre me ha parecido un rollo patatero eso de que “las tías pasan y los amigos quedan”. Lo que, de verdad, queda en tu cuerpo y en tu memoria epidérmica para siempre son los buenos polvos o los revolcones memorables.

Con Andrea no he tenido lo que se dice un revolcón en toda regla al no poder disfrutar de una buena oportunidad, pero si algún escarceo de estos que te disparan el morbo y las hormonas hasta la estratosfera. Hace un par de meses me invitaron a su casa a una mini-fiesta, más o menos improvisada, que montaron un sábado por la noche sin ningún motivo especial. En el ático en el que viven había unas veinte personas amontonadas, charlando distribuidas entre el salón y la terraza, con la música de fondo y los vasos en la mano. Como todos parecían dejar sola a Andrea en la cocina preparando platos de canapés, me dije que estaba en mi oportunidad de atacar al estilo clásico de mis guateques de adolescente, sólo que casi quince años más tarde: fiesta, gente que bebe y se distrae y chica con pareja, pero sola en la cocina. Allí me dirigí buscando más bien el morbo de la idea pecaminosa. Por otra parte, el personal que había en la fiesta o era desconocido, o era un coñazo o no me hacía ni puñetero caso.

Cuando llegué a la cocina, Andrea me recibió con una gran sonrisa, ya que el mundo parecía haberse olvidado de ella. Esta sonrisa vino acompañada de una suave palmada en el hombro. De pie, junto a la encimera, la estuve ayudando a colocar rodajas de salami sobre platos de cartón, en posición de firmes, mientras charlábamos de cosas intrascendentes. Pero ella se volvía con frecuencia para mirarme a los ojos, como queriendo saber mi estado de ánimo o disposición. No dejábamos de oír el murmullo de los invitados y la música de fondo, cuando ella, de repente, se acercó a mí y me dio un suave beso en los labios, sin lengua. Yo me quedé mirándola a los ojos un poco estupefacto, sin saber qué hacer. Aquel piso estaba lleno de gente, su marido cerca y ella no dejaba de mirarme durante esos pocos segundos. Sin tan siquiera limpiarse las manos, con algo de grasa por el trasiego con las viandas, desabrocho el cinturón de mis vaqueros, lo desabotonó y bajo la cremallera. Introdujo su mano lentamente dentro de mi slip y tocó con suavidad mi polla, que estaba creciendo más rápidamente que el P.I.B. de China. Al principio sólo la rozó con sus dedos y con el dorso de la mano, después ya comenzó a empuñarla e incluso la sacó por encima del elástico del slip, asiéndola con mimo y delicadeza. Mientras tanto yo sólo podía mirar cómo lo hacía y acariciar su trasero, por encima del pantalón que lo cubría. Cuando ya comenzaba a sufrir una arrebato intenso de morbo y calentura, Andrea comenzó a masturbarme a la vez que sonreía y me miraba con dulzura y picardía. En aquellos momentos podía haber entrado José Ignacio, mi amigo y su marido, o cualquier otra persona y eso provocaba que el morbo fuera tan espeso como el humo de catorce cigarros puros baratos. Mientras agitaba mi polla, Andrea parecía seguir el ritmo de la excitación balanceando todo su cuerpo al mismo ritmo. En aquel momento, estuve convencido que ella disfrutaba tanto con aquella paja que también estaba a punto para el orgasmo. Creo que anduvo muy cerca, por la fuerza con la que suspiró cuando un generoso chorro de semen impregnó su mano, su reloj y la manga de su blusa. A continuación se llevó los dedos a los labios, chupó el semen y ella misma se encargó de componerme y devolver a su sitio la polla, el slip, el pantalón y el cinturón. Cogimos los platos de salami y los llevamos a la reunión como si nada hubiera ocurrido.
Desde entonces, muy a mi pesar, no he podido volver a ver a Andrea y, con frecuencia, se me escapa una sonrisa indescriptible cada vez que hablo con José Ignacio.

 


Opciones: Recomendar
 
 

Añada su comentario


Alias

Comentario
* No introduzcas código HTML, sólo texto
código de seguridad Introduzca el código de la imagen
He leído y acepto las condiciones legales
 
 


Powered by LastInfoo. Contacte con nosotros para publicar su propio Periódico Online.
© 2008 LastInfoo S.L. Legal. Privacidad.