Nunca me he atrevido a contar mis fantasías con el sexo a nadie. Siempre me han parecido demasiado cotidianas, con poco brillo y escasa enjundia como para ser capaces de llamar la atención de persona alguna que quiera escucharme.
Cada vez que se habla de situaciones imaginadas, forzosamente tienen que ser algo desmesurado, arrebatador, y pleno de originalidad, de audacia. Pues no. Siento deciros que mis tributos al onanismo siempre son muy normalitos y acostumbran a tener como marco sitios comunes y como protagonistas a chicas del montón. Pero he ido descubriendo que no soy el único, que a la mayor parte de los tíos nos dispara y nos lleva a la cima del morbo soñar con revolcones que pueden llegarnos a la vuelta de cualquier esquina. La ventaja de sentir el sexo así es que el más soñado calentón puede hacerse realidad. Y tal y como ya estáis imaginando, hace muy poco que me ha ocurrido algo de eso: el gran polvo soñado se convierte en realidad…
Acostumbro a hacer la compra solo, en un súper cercano a mi casa. Voy cuando hay poca gente y me relaja empujar el carro por las calles vacía llenas de viandas que esperan en las estanterías. Hace unos quince días, un sábado después de comer, fui a aprovisionarme de comida para la semana y, mientras escuchaba la musiquilla ambiental, medio distraído, buscando dónde estaba la leche con omega tres, mis ojos se toparon con una mirada que había visto antes, una mirada fija, intensa y brillante que se detuvo en mí sin reparo alguno. La dueña de aquellos ojos grandes y oscuros era una chica morena de unos treinta y pocos años embutida en unos vaqueros de cintura baja –que bendición- que dejaban intuir unas caderas hechas para provocar decenas de erecciones a su paso. Unas tetas con el poder del Pentágono asomaban levemente por encima de su generoso escote. Inmediatamente sentí que esa situación era conocida, familiar, que estaba en mi videoteca cerebral y que debía darle al “play” sin perder tiempo.
Entablamos la charla con facilidad. Un supermercado te lo pone muy fácil con cientos de pretextos a tu alrededor. Tras siete frases sobre los desayunos y la dieta mediterránea, se presentó y me regaló un beso de los que no hacen ruido a la vez que su mano se deslizaba por mi cintura para aproximarme. Se llamaba Esther y no paraba de humedecerse los labios con la lengua, lo cual ayudaba bastante a disparar mi ya incipiente excitación.
A los pocos minutos, nuestros carritos de la compra se habían quedado abandonados en mitad del supermercado y ella tiraba de mi brazo suavemente para hacerme entrar en un viejo Ford Escort, estacionado en el lúgubre parking del súper. Ella penetró en el coche por la misma puerta que yo, en la parte trasera y, sin abandonar la conversación de los desayunos, acaricio mi mejilla y echó hacia atrás su chupa de cuero. Sus ojos no me perdían de vista y yo no terminaba de flipar. Me besó con intensidad en la boca a la vez que tomaba mi mano y la hacia entrar por la cintura baja de sus vaqueros. Desabroche el botón, me abrí paso hacia un pubis suave, poblado de un vello sedoso y mis dedos empezaron a jugar con su clítoris y a penetrarla levemente, sin parar de besarnos. De repente, separó su cuerpo del mío y le bastaron cuatro segundos para, con sus manos, sacar mi polla al exterior, con desmesurada destreza. No tengo que deciros cómo estaba, la pobre, tras casi un mes de ostracismo. Enhiesta, inflamada y colorada, pidiendo algo más que fantasías. Esther no tardó nada en comenzar a sobarla y chuparla, embadurnándola con varios hectolitros de saliva, pasando su lengua una y otra vez a la vez que agarraba mis testículos con fuerza y los cosquilleaba, de vez en cuando. Yo mismo, sin querer perder el tiempo, desplacé como pude su sujetador y me encontré con unos rotundos pechos rematados por pezones convulsos, que intentaban huir de su hábitat natural. Mientras duró aquello fui absolutamente incapaz de dejar de tocar, durante un sólo segundo, aquellas tetas de nirvana, de paraíso, de tierra prometida. Mi excitación era la de un perro en celo empachado de Viagra, pero aguanté hasta que ella, sobre mí, tomó con fuerza mi polla para hacerla entrar en su interior y entregarse a un baile epiléptico que tomaba a mi miembro como origen de coordenadas.
Cuando Esther dio el último espasmo, la última descarga muscular, se aferró a mi cuerpo y me besó de la forma más profunda y prolongada que nadie lo ha hecho en el último quinquenio o, quizás, algo más.
Al terminar, nos vestimos, volvimos al súper a hacer la compra y nos despedimos tras pagar cada uno nuestra cuenta. Por equivocación, ella echó un tarro de mermelada de frambuesa, que había comprado, en una de mis bolsas. Desde entonces, voy todas las tardes al súper, para intentar devolvérselo.
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